domingo, 14 de febrero de 2016

Cuando Esperanza Aguirre era inflexible

Hace no tanto tiempo que echaba los días yendo detrás de Esperanza Aguirre, mirándola hacerse fotos y cortar cintas como si la crisis no fuera a llegar nunca. Era el año 2007 cuando empecé a seguirla y a perseguirla, más en concreto en la campaña electoral del mes de mayo. Puedo certificar que si alguna vez fue la política tontita que dibujó Caiga Quien Caiga, para entonces ya no lo era en absoluto. Se adivinaba perfectamente a la bestia que iba a confundir a propios y extraños, pero sobre todo a propios.

El arranque de aquella campaña fue una cena, qué cosas, en el restaurante que tenía Arturo Fernández en la calle Sagasta. Pero recuerdo que esa mañana la pasamos en un lugar tan castizo como la propia Aguirre: la plaza de Toros de las Ventas. Allí nos contó que tenía su abono en la andanada del 7 y se hizo una foto con un capote que era en el fondo la razón de ser de aquella visita. Ya por entonces en el entorno de Aguirre sabían mucho de fotos.

Lo que pasa con la política es que casi siempre hace falta una excusa para hacerse la foto y aquel día la excusa era inspeccionar el resultado de unas reformas. El guía de Aguirre para la ocasión era un señor trajeado con pinta de darse mucha importancia, que me figuro sería el director general de Tauromaquia o algún cargo rocambolesco de ese tipo. El caso es que después de aquel paseo, al hombre debieron de quitársele las ganas de darse importancia porque si Aguirre no le cortó las dos orejas, sí que le dio dos o tres buenas cornadas. A mis 23, que una presidenta autonómica pudiera correr a voces a un alto cargo delante de toda la prensa me pareció de otra galaxia. Al resto de los periodistas, a juzgar por su reacción o falta de ella, no.

Es por eso que siempre me ha extrañado la espectacular capacidad de Aguirre para rodearse de ladrones. Después de asistir a sus numeritos de ira contra arquitectos y gerentes hospitalarios a cuenta de nimiedades como el color de las paredes, llama la atención su terca ceguera ante la corrupción evidente que a su sombra creció y lo invadió todo. Terca, interesada, o ambas. No olvidemos las fechas: la primera vez que nos enteramos de que Paco Granados conducía un coche a nombre de un constructor corría el año 2006. La primera noticia del dichoso ático de Ignacio González es de principios de 2012.

Ella defiende y yo no dudo que no se ha llevado un duro. No le hace falta y tal vez tampoco le interesa. Pero repartir dinero lo ha repartido a espuertas. Ha pagado lealtades en el partido. Ha comprado paz entre los suyos. Ha puesto a los ladrones a cuidar la caja. Con ella pocos han dejado de caer de pie. Ya lo decía en la hagiografía que le escribió Virginia Drake en 2006: lo peor de estar en la oposición es que sólo puedes repartir migajas. Ella ha sido de repartir hogazas. De recolocar con sueldazo a alcaldes de la Gürtel, de repescar a concejales bajo sospecha y luego extrañarse de que le salieran "rana", de cesar a un gerente bajo sospecha pero mantenerle en nómina.

Su dimisión de hoy, sólo de la mitad de sus cargos y diez minutos antes de tener que dejarlos, es poco peaje para lo que ha sido una carrera política llena de sombras. Nadie se confíe ante esta enésima muerte: lo que no han podido el helicóptero, el cáncer, Gallardón, Rajoy, Al Qaeda o Carmena sólo puede conseguirlo de verdad una persona. Se llama Esperanza Aguirre.


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