viernes, 6 de febrero de 2015

Lo que debería enfadarnos de Podemos (y de los demás)

El primer problema de la política española no es la corrupción, es la mentira. De ahí viene todo lo demás. No hablo de la mentira circunstancial, de la trola diaria para salir del paso, sino de la mentira fundamental. Ese travestismo les provoca en un agudo complejo de partido único. El grave trastorno que ha llevado a Cospedal a decir que el PP es el partido de los trabajadores, a Zapatero a declarar que bajar impuestos es de izquierdas y a Rosa Díez, en el colmo de la hipérbole, a asegurar que los españoles son de UPyD... lo que pasa es que no lo saben.

El problema es que esta idiotez no conoce de casta y el nuevo chico del barrio también quiere ser lo que los americanos llaman un "one size fits all", una talla que sirva para todo el mundo. Unos zapatos que le valgan al que usa mocasines del 44 y a la que se pone tacones del 35. Nos venden que eso es posible y como resulta que no, que no es posible, pues entonces hay que mentir. Mentir a boca llena.  Así es como uno acaba diciendo esas chorradas de la centralidad del tablero aunque haya sido marxista hasta anteayer y haya estado metido en esas cosas del materialismo dialéctico y la plusvalía hasta la coleta. Un absurdo.

Esta desnaturalización es ofensiva y peligrosa para el votante. No ya porque le estén tomando a uno por tonto, que también, sino porque esta esquizofrenia tiene sus consecuencias. Acaban los izquierdosos socialistas indultando banqueros y los liberales populares regalando dinero público a las empresas privadas. El personal se despista, claro, porque su gobierno de derechas igual le sube los impuestos que le encarcela manifestantes. Y cuando gobierna la llamada izquierda lo mismo le da por regalarle 3.000 millones al cártel de las eléctricas que te hace de una vez una ley de dependencia como Dios manda.

En lugar de aprender de todo esto, Podemos ha redoblado. Su travestismo me indigna casi tanto como las cuentas de Monedero y sustancialmente más que la beca de Errejón. Me enferma por lo burdo del montaje: nos quieren contar que están a cien kilómetros de dónde andaban hace sólo un año pero encima defienden que siguen en el mismo sitio. Un giro copernicano sin giro que aparentemente los  ha llevado de ondear la bandera roja al centro del tablero pero sin moverse ni un centímetro. Y lo peor es que ha sucedido en mucho menos tiempo del que llevó a Jiménez Losantos y Pío Moa de la militancia comunista al cielo liberal de la derecha.

Ser de izquierdas no es malo, ser de derechas tampoco. El gobierno tiene que gobernar por el bien de todos pero lo menos que se le puede exigir a los políticos es la honradez de no ocultar lo que son. O si lo ocultan, que sea con un subterfugio enrevesado y muy inteligente pero que no nos insulten, porque ser un entusiasta de cualquier partido cada día requiere más fe.  Hasta que los políticos no nos respeten los suficiente como para no tratarnos como a idiotas, esto tiene mal arreglo.

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