domingo, 7 de septiembre de 2014

París es siempre lo mismo, ¡Viva París!

A París hay que venir todos los años, no vaya a ser que cambie un poco. Como europeos de pro, esta es nuestra meca: del mismo modo que Nueva York es la gran ciudad estadounidense aunque Washington despache los asuntos de gobierno, París es el alma de Europa aunque los fondos de cohesión se repartan en Bruselas y las decisiones se tomen en Berlín. De Londres, mejor ni hablar.

Así que yo predico con el ejemplo y vuelvo todos los años convencido de que cada vez pongo mejor acento y que las tres semanas que pasé como estudiante en la Alliance Française en 2006 están dando fruto tardío. Y me encuentro todo igual y me encanta: empiezo el mismo recorrido de siempre haciendo zigzag por el Sena y no cojo el transporte público ni un poco para no perderme ninguno de esos pisos en los que me veo viviendo desde hace años. Compruebo también que los camareros siguen siendo igual de impertinentes y que me sigue dando igual: yo podría vivir aquí seis meses sólo paseando y sin juntarme mucho con nadie.

Me encanta París como un decorado. A los edificios monumentales les va bien el tipo de gente que pasea por la calle con aire de ser de aquí. También es cierto que parece que a la Francia de ahora, con su anquilosamiento económico y otras desgracias, le cuesta cada vez más llenar esa carcasa impoluta y gloriosa que tiene por capital. El legado en mármol de las glorias revolucionarias y reaccionarias se lleva mal con el presente, pero no pierde ni un poquito de brillo y eso es lo mejor que tiene París. Las apariencias se mantienen pase lo que pase, placa a placa.

Pero no corramos a enterrar a Francia por todo lo que fue, que es mucho. Aquí la especialidad de la casa es reinventarse para seguir igual. De corderos complacientes en la Segunda Guerra Mundial se las apañaron para emerger si no vencedores, al menos con la insolencia de los vencedores; todo merced a un número mínimo de arrojados comunistas a los que la posguerra no dejó nada. También pareció luego que el mastodóntico estado gaullista acabaría derribado por los del flequillo y en vez de eso crecieron para heredarlo y resultó que a Mitterrand le iba todavía mejor aquella pompa imperial.

Y así siempre. Cómo me gusta París, hay que venir todos los años.

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