jueves, 17 de julio de 2014

Los inmigrantes ilegales de Nueva York: también los españoles

No voy a hablar de José Antonio Vargas, el periodista detenido y liberado esta semana por el hecho de ser un filipino que llegó a Estados Unidos con 12 años y se quedó, ilegalmente, a ir a la universidad para hacerse periodista y ganar un Pulitzer. No, no lo haré porque no lo conozco, pero sí que voy a hablar de los muchísimos inmigrantes ilegales que he conocido aquí.

La mayoría son exactamente como te los imaginas y tienen nombres, ya ves, que se parecen mucho a los nuestros. Son esos que están detrás del mostrador en casi cualquier comercio y que hacen por tanto que un español se sienta en casa en casi cualquier sitio de por aquí. Los Migueles, Juanes y Marías sin los que esta ciudad inmensa no funcionaría diez minutos, porque no habría quien preparara los bagels de desayuno o vaciara las papeleras de las oficinas. No por nada veo cada día carteles de "Se solicita lavaplatos" y siempre están escritos tal cual, sólamente en español.

No lo digo yo, cuidado, lo dicen también los republicanos. El jefe de campaña de uno de los golfos favoritos de este blog, el congresista imputado Michael Grimm, ni siquiera se molesta en negar las acusaciones de que su jefe tenía empleados a inmigrantes ilegales en su negocio: "dime un empresario de Manhattan que no lo haga", dice. Y se queda tan tranquilo, porque además es verdad. La verdad que todo el mundo sabe, incluidos los votantes.

Lo que parecemos no pensar es que también lo saben en San Pedro Sula, Honduras. Y también en Michoacán y en Guinea Conakry y en Bangladesh. Son cosas que "se saben": en todo el mundo "se sabe" que aquí hay trabajo para quién lo quiera y que se vive mejor que en esos sitios. Y que no tener papeles es problema para entrar y para salir, pero no para estar y trabajar. Y también que hay un sitio en Queens que "se sabe", que todo el mundo sabe, que por un módico precio te dan una tarjeta de la seguridad social falsa. Una tarjeta que no da derecho a nada salvo a pagar impuestos, pero que algo es.

Pero lo que mejor "se sabe" es que da igual lo alta que sea la valla. Mientras de un lado del muro la vida sea tan diferente a la del otro ya podemos gastar millonadas en alambradas y hasta fosos con cocodrilos que no va a importar, sea en el paso de Nogales en Arizona o en el del Tarajal en Ceuta: el hambre es lista y siempre encuentra otro lugar. Al que estuvo dispuesto a cruzar el Sáhara o a vérselas con los cárteles mejicanos, una vida de lavaplatos y la difusa amenaza de una improbable deportación no le puede dar más igual. Y la valla, en cuanto que último obstáculo, más todavía.

Tal vez lo que no "se sabe" igual de bien es que en esa comunidad inmensa y escondida hay muchísimos españoles. Los que se apuntan a una academia oscura para poder entrar a servir copas con visado de estudiante y los que no pueden volar a casa porque saben que no entrarán otra vez. Los que se van a Canadá cada tres meses y cruzan las cataratas el Niágara para volver a entrar de turistas, esperando que el agente vea un pasaporte de la UE y no haga muchas preguntas. Los multilicenciados trabajando de cualquier cosa que dicen "total, ¿qué es lo peor que puede pasar?, ¿que me deporten?" Pues sí, yo que soy un afortunado que está aquí legalmente, y he conocido ya unos cuantos.


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