miércoles, 12 de marzo de 2014

La ciudad callada

Si Nueva York es la ciudad que nunca duerme, Madrid es la ciudad que nunca calla. Las conversaciones a voces son parte fundamental de la idiosincrasia de este lugar de pocas idiosincrasias, hogar de todos y casa de ninguno. Ese bullicio tan nuestro estaba allí cuando tomé el metro en la mañana del 11 de marzo de 2004, una hora punta cualquiera con sus empujones, sus Ipods y su leer el periódico gratuito por encima del hombro de alguno. Para cuando regresé a casa al mediodía, sin embargo, ya era 11-M: los trenes iban y venían semivacíos y en los vagones había un silencio espeso y antinatural, lleno de miradas nerviosas. Nadie leía, nadie empujaba y casi nadie escuchaba el Ipod.

Y eso que en el Madrid de entonces una bomba o un tiro en la nuca no eran tan sorprendentes como lo serían ahora. Teníamos comando a nuestro nombre y los etarras habían dado sobradas muestras de su continuo interés por la ciudad. Tal vez por eso yo, que había visto desde el patio de mi colegio la columna de humo del  atentado de Puente de Vallecas, no contemplaba ninguna opción que no fuera ETA. Reconozco que me extrañó ver a Arnaldo Otegi en las noticias del mediodía con aquella declaración tan categórica de que no lo contemplaba la "ni como mera hipótesis". Viniendo de un tipo que no había tenido el más mínimo escrúpulo en atenerse a la despreciable fórmula abertzale del "lamento pero no condeno", me chocó. Llegué a pensar si el atentado no sería obra de un grupo incontrolado de etarras al estilo del IRA Auténtico, pero no fui más allá.

Entretanto, la ciudad seguía aturdida por el dolor: las imágenes de Atocha, Santa Eugenia, El Pozo e Ifema nos tenían pegados a la televisión, esperando noticias tras puertas cerradas, en silencio. Pero iba a ser el gobierno el que nos devolviera la voz aquel día. No otro que el ministro del Interior, Ángel Acebes, cuando a eso de las ocho de la tarde salió a contarnos que la Policía había encontrado una furgoneta con detonadores y cintas con versículos del Corán. Todo lo cual no redujo un ápice su convicción (moral, dijo por aquellos días Mariano Rajoy) de que ETA era la responsable. Y con ello, a mí se me cayó la venda de los ojos y lo vi claro por fin. Para ser un estudiante de periodismo me había tomado bastante tiempo.

Durante meses el gobierno se había tomado el lujo de apoyar la invasión de Irak frente a una opinión pública en franco y rotundo desacuerdo. Creían en Génova, y parecían llevar razón, que el asunto podía sacar manifestantes a la calle pero no era tan importante como para poner en peligro el traspaso de poderes entre Aznar y su designado sucesor. Eso, claro, hasta que Irak estalló en los trenes en el peor momento y ya no era un asunto menor, era el único asunto. Puede que aquel argumento callejero de "si no te hubieras metido en Irak, nada de esto hubiera pasado" no sea completamente cierto, pero para la mayoría de los españoles aquel día era claro como el agua clara. También, desgraciadamente, para los estrategas del Partido Popular que abanderaron esa absurda negación de la evidencia.

Así fue como en apenas unas horas Madrid pasó de ciudad callada a ciudad ruidosa, pero no con el bullicio alegre que le es tradicional, sino voceando rabia a pleno pulmón. Algunos hubieran deseado decir "te lo dije" pero fue otro el grito que se impuso en la manifestación del viernes, lloviendo a mares: "¿Quién ha sido?". Porque el gobierno estaba repartiendo desinformación a diestro y siniestro, presionando a medios a derecha y a izquierda, movilizando a las embajadas, prostituyendo a la Agencia EFE, descolgando el teléfono y haciendo lo que fuera necesario. Como si se estuvieran jugando la vida. Porque se estaban jugando la vida.

Tras el jueves del silencio y el viernes de la rabia, llegamos a un sábado que fue de todo menos de reflexión. No sé si Rubalcaba estuvo mandando personalmente los SMS, como viene a decir la mitología PPopular, pero desde luego que había mucha gente que se había quedado con ganas de seguirle gritando a un gobierno que persistía en su mentira. Contra la policía, contra los expertos internacionales, contra viento y marea los de la "convicción moral", del gobierno al partido, seguían apuntando a ETA. Pero ya no había tragaderas y al PP le había traicionado el calendario que decía que el domingo era domingo, domingo electoral. Domingo de justicia.

El efecto "te lo dije" de la guerra de Irak tuvo sin duda su peso, pero probablemente menos que el de esos miles de votantes de izquierda a los que el teatrillo de Acebes sacó de sus casillas. En ningún sitio se notó tanto como en Madrid: de haber ganado las anteriores generales por veinte puntos de diferencia sobre el PSOE, esta vez el PP le sacó apenas uno e Izquierda Unida se desplomó víctima del llamado ''voto útil'. Muchos de aquellos a lo que les acababan de birlar el cambio en Madrid tras el 'Tamayazo' volvieron a las urnas para castigar al PP.

Tras el silencio, la rabia y la justicia, Madrid volvió a ser la ciudad de siempre. Las convulsiones de aquellos días de marzo pasaron, dejando una terrible pérdida en vidas y una cierta medida de amargura. Aunque había sido golpeada por el terrorismo muchas veces, la sensación de vulnerabilidad que dejó este atentado fue muy diferente. Y también dejó una señal en nuestro sentido del humor: en esta ciudad he oído chistes macabros y de poco gusto sobre muchas tragedias pero diez años después, ni uno sólo sobre la matanza del 11-M.




1 comentario:

  1. Acabo de ver que tienes nuevo blog. Lo seguiré :)

    PD: Fueron los servicios de información españoles. Ni más ni menos ;) Los mismos que, no siempre, pero sí en muchas ocasiones, estaban detrás de la selección de objetivos de los tiros en la nuca. La prensa nos contaba que ETA había matado a un guardia civil o a un político, a un juez, pero nunca nos contaba por qué ese guardia civil o ese político. En Italia los crímenes de la mafia sirven para solapar de vez en cuando un crimen diferente. En otros países cuentan con otras herramientas. En España durante años ETA sirvió para ocultar cuando el sistema eliminaba a los suyos para hacer limpieza. No era difícil encontrar ex ministros y vicepresidentes de banco que morían en un accidente aéreo el mismo día que ETA mataba a su socio consejero y director general de un banco que se oponían a la fusión de turno o a polis que eran testigos incómodos de casos de narcotráfico del Estado. Ya estaba el "separatismo vasco" como tapadera perfecta.

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