martes, 28 de enero de 2014

Stephen Glass: el alto precio de inventarse las noticias

En una época remota en la que se hacia periodismo fuera de twitter, allá por 1998, Stephen Glass tenía veinticinco años y una nómina por encima de 100.000 dólares. Era el periodista de moda, escribiendo en las páginas de The New Republic las historias que todo el mundo quiere contar, esas que parecen increibles. El problema es que las suyas no eran increibles, eran falsas. Falsas de solemnidad, falsas de poca vergüenza, falsas al nivel de que un periodista de Forbes le descubrió porque escribió un artículo de sobre la relación entre un hacker y una empresa tecnológica inventándose a ambos. En el culmen de la zafiedad, elaboró una página web falsa para la empresa.

Por hacer la historia corta, The New Republic hizo lo que se hace por aquí se hace en estos casos: investigar una a una cada palabra que Glass había publicado en la revista. De 41 artículos, 27 contenían material que sólo había existido en la mente de la joven estrella del periodismo. Y Glass pasó de cien a cero, nunca mejor dicho, dándose cuenta de que nadie jamás le volvería a dar trabajo en una redacción. Exactamente como deben ser las cosas. Puede que la historia os resulte familiar porque tuvo hasta una versión cinematográfica que además fue bastante exitosa, mucho más que la crónica autobiográfica del propio Glass que con descaro tituló "El fabulador". 

Pero si hoy hablo de él es por todo lo que ha venido después y por la valiosa lección que nos enseña sobre este país. Quince años después de que el periodismo lo licenciara con deshonor, el crimen le persigue. Se ha graduado cum laude en Derecho por Georgetown y pese a eso no le dejan ejercer: ha aprobado el examen de los colegios de abogados de Nueva York y de California pero ambos se han negado a darle la licencia. Si era deshonesto con sus lectores, argumentan, cómo no pensar que puede serlo con sus clientes.

Todo esto en un país que es el reino de las segundas oportunidades; el mismo que eligió a George W. Bush sabiendo que había sido alcohólico, a Obama sabiendo que había esnifado cocaína y que todavía venera al presidente que ponía a las becarias de rodillas en el Despacho Oval. Pero incluso en este parque temático de la redención y el perdón, mentir desde la letra impresa de una revista es todavía un pecado demasiado grave como para levantarle a Glass la excomunión quince años después.

Da que pensar. En España sí he conocido periodistas que mentían; no hablo de quien adorna o retuerce la verdad, sino al menos un ejemplar execrable que se inventaba las noticias de principio a fin. Y de momento no ha perdido el trabajo, pero lleva una buena cruz porque en este mundo todos sabemos todo. Pero no lleva la cruz de Stephen Glass, que mañana tendrá que volver a su trabajo de asistente en un despacho de abogados de Los Ángeles porque cuando tenía veinte años se creía más listo que nadie. Probablemente se la merece. El español, digo.

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