jueves, 29 de agosto de 2013

Museolandia, USA.

En esta ciudad que es Nueva York hay unos museos excepcionales. Las grandes fortunas estadounidenses han invertido mucho en arte y se han llevado a su país, por ejemplo, la reja del coro de la catedral de Valladolid. Pero no es de estos museos de los que hoy quiero hablar, sino de cómo se refleja esa obsesión museística en otras ciudades con menos glamour. Como los europeos llegaron al país hace prácticamente cuatro días, hay una obsesión por acumular legado cultural que a veces roza el ridículo.

Veamos por ejemplo el Museo del alambre de espino en La Crosse, Kansas, donde se celebra este gran avance de la ciencia con una muestra de 2.000 diferentes variedades algunas incluso de 1870. O si no el Museo del Asfalto en Sacramento, California, con su exquisita colección de asfaltos de diferentes partes del mundo, ¡eso además de aprender cómo se fabrica! Si pasas por Gatlinburg, Tennessee, no querrás perderte el Museo de los Saleros y Pimenteros con sus 20.000 piezas y por supuesto está el Museo de los postres de Gelatina en Le Roy, New York. En Hartford, Connecticut tenemos el Museo de la Basura, donde los niños aprenden sobre reciclaje y pueden jugar a "atrapar a la rata", que por supuesto no es una rata real.


Ligeramente más grimoso puede ser el Museo del Pelo de Independence, Missouri, donde hay mechones de Michael Jackson y Marylin Monroe. Si en cambio quieres ver las muelas del primer presidente, George Washington, puedes ir al Museo del Dentista en Baltimore, Maryland, con ese eslogan tan bueno de "encuentra tu sonrisa en el Museo del Dentista". Lamentablemente, corren malos tiempos para la cultura también en este país y han tenido que cerrar el Museo de la Menstruación y el Museo de la Lencería de los famosos. Ya no quedan cosas sagradas.

(1) Lástima que he llegado tarde para el vigésimo segundo día nacional de la mostaza que se celebró el pasado tres de agosto en el Museo Nacional de la Mostaza en Middleton, Wisconsin. Tal vez el año que viene.
(2) Y todo esto se me ocurrió al visitar un Museo del Automóvil, pero resulta que mirando un poco hay cosas mucho más raras a las que ponerles un museo.

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